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Archive for the ‘Libros’ Category

  Maximiliano se lanzó a la escalera, cuyos escalones subió de dos en dos, mientras le parecía que el anciano le decía con los ojos:

– Más de prisa, más de prisa.

Un minuto le bastó para atravesar varias habitaciones solitarias como el resto de la casa, y llegar hasta la de Valentina.

No tuvo necesidad de abrir la puerta, pues estaba abierta de par en par.

Un suspiro fue lo primero que oyó. Vió una figura arrodillada y medio oculta entre la blanca colgadura. El temor y el espanto lo clavaron junto a la puerta.

Entonces fue cuando oyó una voz que decía: ¡Valentina ha muerto! y otra que repetía como un eco:

– ¡Muerta! ¡Muerta!

El señor de Villefort levantóse casi avergonzado de haber sido sorprendido en aquel exceso de dolor. La terrible posición que ocupaba hacía veinticinco años había llegado a hacer de él más o menos un hombre. Su mirada, un instante incierta, se fijó en Morrel.

– ¿Quién sois-le dijo-, que olvidáis que no se entra así en una casa donde habita la muerte? ¡Salid, caballero, salid!

Pero Morrel permaneció inmóvil, incapaz de apartar los ojos del espantoso espectáculo que presentaba aquella cama en desorden y de la pálida mujer que estaba acostada en ella.

-¡Salid! ¿No oís? -gritaba Villefort mientras d`Avrigni se adelantaba por su parte para hacer que Morrel se marchase.

Este miraba con aire espantado aquel cadáver, aquellos dos hombres y toda la habitación. Pareció titubear un instante, abrió la boca y finalmente, no hayando que responder, a pesar de la multitud de ideas que se agolpaban en su cerebro, volvió atrás cogiéndose los cabellos de tal suerte que Villefort y dÀvrigny, distraídos un momento de su preocupación, le siguieron con la vista y se miraron el uno al otro como diciendo.

– ¡Está loco!

Pero no habían transcurrido cinco aún minutos cuando oyeron ruídos en la escalera, y vieron a Morrel, que con fuerza sobrenatural traía en brazos el sillón de Noirtier avanzando hacia la cama de Valentina. El rostro de aquel anciano, en el que la inteligencia desplegaba todos sus recursos, cuyos ojos reunían todo el poder del alma para suplir a las demás facultades; la aparición de aquel pálido semblante y de aquella ardiente mirada fue aterradora para Villefort.

-¡Ved lo que han hecho!- gritó Morrel teniendo aún una mano apoyada en el respaldo del sillón que acababa de aproximar al lecho y la otra xtendida hacia la camade Valentina-. ¡Ved, padre mío, ved!

Villefort retrocedió espantado y miró a aquel joven que le era casi desconocido y que llamaba padre a Noirtier.

En aquel momento, el alma del anciano pasó toda a sus ojos, que inmediatamente se llenaron del rojo de la sangre. Despues se le hincharon las venas del cuello, una tinta azulada como la que invade la piel del epiléptico cubrió sus mejillas y sus sienes.

A aquella violenta explosión interior de todo su ser solo le faltaba un grito.

Este salió, por decirlo así, de todos los poros, horrible en su mutismo, desgarrador en su silencio.

D`Avrigny se precipitó hacia el anciano y le hizo aspirar un violento revulsivo.

– ¡Señor! -dijo entonces Morrel tomando la mano inerte del paralítico-, me preguntan quien soy y con que derecho estoy aquí. ¡Oh!, decidlo, vos, que lo sabeis- y los sollozos ahogaron la voz del joven.

La respiración intensa y jadeante del anciano levantaba su pecho. Al verle parecía sufrir una de aquellas convulsiones que preceden a la agonía.

Al fin, sus ojos se llenaron de lágrimas, más feliz en esto que el joven, que sollozaba sin poder llorar. No pudiendo inclinar la cabeza, cerró los ojos.

– Decid- continuó Morrel con voz ahogada-, ¡decid! ¡que yo era su prometido! ¡Que ella era mi noble amiga! ¡Mi único amor sobre al tierra! ¡Decid, decid, decid… que ese cadáver me pertenece!

Y el joven, dando el terrible espectáculo de una gran energía que de pronto se desploma, cayó pesadamente de rodillas ante aquel lecho que sus crispados dedos apretaron con fuerza.

Aquel dolor era tan agudo que d`Avrigny se volvió para ocultar su emoción, y Villefort, sin pedir ninguna explicación, atraído por el magnetismo que nos impele hacia aquellos que aman a los que lloramos, alargó la mano al joven.

                   “El Conde de Montecristo” . Alexandre Dumas

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Queda demostrado que la vida hay que vivirla a través de los sentidos, no del sentido. El libro es una maravilla. La pelicula no está mal, pero ni de lejos te hace sentir lo que la lectura. ¿Alguien conoce un film que haya superado a la versión literaria? Me parece que es una de esas cosas que nunca pasarán.

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