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Archive for 30 julio 2007

Parecido razonable

 Estaba yo viendo la peli de Mel Gibson: “Apocalipto”. !Vaya! el protagonista se parece a Ronaldinho. En la foto no se aprecia del todo, pero el actor tiene algunos gestos en la peli clavados al crack brasileño.

                                                        

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Desde pequeño ha sido grande mi afición por el senderismo, máxime aún viviendo en un lugar privilegiado para tal actividad, las Islas Canarias. Una espinita que tenía era ir a la “Isla Bonita” ( La Palma) de vacaciones, ya que por trabajo acudo varias veces al año, para tener la posibilidad de disfrutar detenidamente de la isla, y como no; patear sus montes. Sin duda, los nacientes de Marcos y Cordero eran un atractivo para mi, ciertamente tenía mucha curiosidad, y, la experiencia no fue nada decepcionante, un disfrute para los sentidos.

La primera dificultad es acceder al inicio del camino, en el paraje de Casas del Monte, ya que la carretera está sin asfaltar y en bastante mal estado, con una pendiente considerable; así que es imprescindible un vehículo 4×4.

Una vez arriba, ya se observa correr el agua en el canal, la misma que beben los pueblos cercanos como los Sauces. Al acercarnos al cartel informativo vimos que nos esperaban nada menos que trece tuneles por los que corre el agua, y uno de ellos, el mayor, tiene una longitud de unos 400 metros. Así que repase de nuevo mentalmente si disponíamos de todo el material necesario para abordar el sendero (linterna, chubasquero, calzado adecuado y comida) todo estaba en orden, tan solo la incertidumbre del estado y la dificultad de los túneles me tenía intrigado. Por cierto, si algún día haceis este recorrido no hace falta que cargueis con el peso de una botella de agua, todo el camino es agua. Eso si, si bajais por los tilos si os recomiendo que lleveis una cantimplora vacía y la lleneis al llegar a los nacientes para afrontar toda la bajada del barranco hasta los tilos.

Por fin iniciamos el camino, llegando al primer túnel, con una entrada un poco estrecha con unos escalones que bajaban, que tal vez hubiera hecho volver sobre sus pasos a cualquiera que tuviera un poco de claustrofobia, pero ciertamente lo único preocupante era la entrada, una vez dentro se disfruta del paso del túnel. Dentro la oscuridad es total, por lo que es imprescindible el uso de linterna. Una vez “echa la luz” todo el flanco izquierdo es un canal por donde pasa el agua que nos saluda en su trayecto, con un afán de protagonismo que se prolongará todo el trayecto. Se debe estar atento a no golpearse la cabeza, ya que el límite superior tiene constantes altibajos. Parte de la incertidumbre desaparece al pasar ese primer túnel, pero es imposible no pensar en que todavía quedan doce más, incluído uno de considerable longitud. El camino es precioso, el agua, la vegetación, el impresionante desnivel del barranco y, la alternancia de sendero y pasos de túnel hace el camino dinámico y entretenido.

Lo más esperado llega en el decimosegundo túnel, donde es imprescindible hacer uso del chubasquero, que aparentemente habíamos cargado inútilmente hasta aquí. El agua corre por todo el fondo mojándote los pies, se filtra por las rocas y cae desde el techo empapándote, y además sale de las paredes perpendicularmente a presión, observando chorros en todas direcciones. Esto, unido a que es imprescindible no pararse para sacar la foto de rigor, hace que termines el túnel bastante mojado, mas aún si no se lleva el citado chubasquero.

Una vez fuera del túnel, y superadas la incontenibles risas que provoca el agua que nos ha hecho cosquillas por todas partes, observamos una gran pendiente por la que baja el agua a velocidad endiablada. Nos encontramos en Marcos. En ese momento el camino se hace bastante vertical, pero se presta a hacer mucho uso de la cámara de fotos. Trasun rato de camino nos encontramos con el último túnel que superamos para poner rumbo a Cordero, donde observamos una cantidad ingente de agua que nace directamente de la roca a una presión inconcebible. Y por fin, desayuno.

La bajada a los Tilos (Reserva Mundial de la Biosfera, nada más y nada menos) nos espera tras haber ingerido el bocadillo, el juguito y los plátanos canarios de rigor. Para no extenderme mucho, sobre dicho recorrido solo decir que son muchos kilómetros de bajada, lo cual castiga bastante los cuadriceps, y aquellos que tienen problemas de rodillas acaban por notarlo. Pero el paraje es precioso y vale la pena subir a ver el espigón atravesado. Muy recomendable visitar los nacientes.

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  Maximiliano se lanzó a la escalera, cuyos escalones subió de dos en dos, mientras le parecía que el anciano le decía con los ojos:

– Más de prisa, más de prisa.

Un minuto le bastó para atravesar varias habitaciones solitarias como el resto de la casa, y llegar hasta la de Valentina.

No tuvo necesidad de abrir la puerta, pues estaba abierta de par en par.

Un suspiro fue lo primero que oyó. Vió una figura arrodillada y medio oculta entre la blanca colgadura. El temor y el espanto lo clavaron junto a la puerta.

Entonces fue cuando oyó una voz que decía: ¡Valentina ha muerto! y otra que repetía como un eco:

– ¡Muerta! ¡Muerta!

El señor de Villefort levantóse casi avergonzado de haber sido sorprendido en aquel exceso de dolor. La terrible posición que ocupaba hacía veinticinco años había llegado a hacer de él más o menos un hombre. Su mirada, un instante incierta, se fijó en Morrel.

– ¿Quién sois-le dijo-, que olvidáis que no se entra así en una casa donde habita la muerte? ¡Salid, caballero, salid!

Pero Morrel permaneció inmóvil, incapaz de apartar los ojos del espantoso espectáculo que presentaba aquella cama en desorden y de la pálida mujer que estaba acostada en ella.

-¡Salid! ¿No oís? -gritaba Villefort mientras d`Avrigni se adelantaba por su parte para hacer que Morrel se marchase.

Este miraba con aire espantado aquel cadáver, aquellos dos hombres y toda la habitación. Pareció titubear un instante, abrió la boca y finalmente, no hayando que responder, a pesar de la multitud de ideas que se agolpaban en su cerebro, volvió atrás cogiéndose los cabellos de tal suerte que Villefort y dÀvrigny, distraídos un momento de su preocupación, le siguieron con la vista y se miraron el uno al otro como diciendo.

– ¡Está loco!

Pero no habían transcurrido cinco aún minutos cuando oyeron ruídos en la escalera, y vieron a Morrel, que con fuerza sobrenatural traía en brazos el sillón de Noirtier avanzando hacia la cama de Valentina. El rostro de aquel anciano, en el que la inteligencia desplegaba todos sus recursos, cuyos ojos reunían todo el poder del alma para suplir a las demás facultades; la aparición de aquel pálido semblante y de aquella ardiente mirada fue aterradora para Villefort.

-¡Ved lo que han hecho!- gritó Morrel teniendo aún una mano apoyada en el respaldo del sillón que acababa de aproximar al lecho y la otra xtendida hacia la camade Valentina-. ¡Ved, padre mío, ved!

Villefort retrocedió espantado y miró a aquel joven que le era casi desconocido y que llamaba padre a Noirtier.

En aquel momento, el alma del anciano pasó toda a sus ojos, que inmediatamente se llenaron del rojo de la sangre. Despues se le hincharon las venas del cuello, una tinta azulada como la que invade la piel del epiléptico cubrió sus mejillas y sus sienes.

A aquella violenta explosión interior de todo su ser solo le faltaba un grito.

Este salió, por decirlo así, de todos los poros, horrible en su mutismo, desgarrador en su silencio.

D`Avrigny se precipitó hacia el anciano y le hizo aspirar un violento revulsivo.

– ¡Señor! -dijo entonces Morrel tomando la mano inerte del paralítico-, me preguntan quien soy y con que derecho estoy aquí. ¡Oh!, decidlo, vos, que lo sabeis- y los sollozos ahogaron la voz del joven.

La respiración intensa y jadeante del anciano levantaba su pecho. Al verle parecía sufrir una de aquellas convulsiones que preceden a la agonía.

Al fin, sus ojos se llenaron de lágrimas, más feliz en esto que el joven, que sollozaba sin poder llorar. No pudiendo inclinar la cabeza, cerró los ojos.

– Decid- continuó Morrel con voz ahogada-, ¡decid! ¡que yo era su prometido! ¡Que ella era mi noble amiga! ¡Mi único amor sobre al tierra! ¡Decid, decid, decid… que ese cadáver me pertenece!

Y el joven, dando el terrible espectáculo de una gran energía que de pronto se desploma, cayó pesadamente de rodillas ante aquel lecho que sus crispados dedos apretaron con fuerza.

Aquel dolor era tan agudo que d`Avrigny se volvió para ocultar su emoción, y Villefort, sin pedir ninguna explicación, atraído por el magnetismo que nos impele hacia aquellos que aman a los que lloramos, alargó la mano al joven.

                   “El Conde de Montecristo” . Alexandre Dumas

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Anoche, de madrugada, sin previo aviso te giraste hacia mi y me diste un fuerte abrazo. Hacía mucho tiempo que no interrumpías tu reposo nocturno para abrazarme, y, esta semana, lo has hecho dos veces. Pensé: todavía me quiere. Estuve con la sonrisa en los labios unos diez minutos.

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 Después de dos horas recorriendo la costa, buscando un buen sitio para pescar otro día, satisfecho de todo lo que mis ojos habían visto y el resto de mis sentidos disfrutado; me senté en el mirador. Mientras contemplaba el “Roque de los hermanos”, los “Roques de Anaga” y el resto de maravillas de una de las dos zonas más antiguas de la isla, disfrutaba de un bocadillo y una bebida isotónica. Los viejitos de la zona, recordándome a los jovenes de hoy, se reunían en el mirador alrededor de la música de uno de sus coches, eso si, a plena luz del día, con un volumen moderado  que no impedía escuchar las olas romper en las rocas, y una música tranquila; acorde con la belleza natural del entorno. Otro día volveré para pescar.

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 “Localiza topograficamente el raquis, para que la laxitud dérmica no te desubique anatomicamente y sitúes los electrodos correctamente a ambos lados de la columna vertebral”.

A veces uno dice eufemismos para no ofender, que si fueran entendidos serían más ofensivos que que las palabras correctas, pero se hace con la mejor intención. Mil disculpas a mi mismo y mi ética. Nací así.

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 Soy capaz de mirarte a los ojos directamente y sostener tu mirada. Mi voz no titubea al articular las palabras que mi corazón y mi cerebro han resuelto como la mejor opción. No me intimidarás, porque no tienes ningún poder sobre mi, no me puedes hacer daño moral ni físico, como mucho, me harás sentir cierta impotencia; que superaré aferrándome al valor que he tenido al perseguir mi integridad moral. Para mi solo eres persona, no me importa tu posición social, ni tu prestigio, solo lo que hagas como ser humano. Te debo tanto respeto como al resto de mortales, porque eso es lo que eres, no te creas más. Somos lo que hacemos, así que mañana quizas no seas nada.

                Lo único que tengo es lo que soy, así que tengo que cuidar mi persona, mi ser, mi moral; mi

dignidad y obrar conforme a ello.

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